Vainica Doble: doble o nada

En 1966, dos mujeres, solo dos, y cuatro años más jóvenes que Carmen Sevilla, respectivamente, formaron un dúo que en sus primeros discos, de 1970 y 1971, sonaba al universo psicodélico y hippy de artistas al menos una década más jóvenes, como The Beatles, Genesis o Yes, además de los veteranos Rolling Stones. Dicho esto, parecería una simple copia, si acaso traducida al español, de aquel rock psicodélico que pregonaba la libertad sexual y de pensamiento, la voz de los sin voz, los flower children y el hedonismo. Nada más lejos de la realidad: desde el comienzo hicieron acopio de todo el magma histórico que les ofrecía la música medieval, la clásica y el folclore “español”, lo que resultaba comprometido en una época en que “la raza española” había sido inventada y manida hasta el tópico que Bienvenido Míster Marshall se encargaría de hacer visible, si acaso fundido con el yeyé, que a través del twist  convertía a los españolitos en obedientes satélites de la sociedad de consumo, culmen de la modernidad.

Estas dos mujeres que iniciaron su particular aventura fueron Carmen Santonja y Gloria Van Aerssen, unidas para la posteridad con el sugestivo nombre de Vainica Doble, que las convierte en una dualidad indisolublemente unida: tan indisoluble que eligen para coser sus espíritus la indignación que les producía aprender “labores” (esa asignatura reservada a las féminas) en el colegio. No puedo menos que imaginarme a dos Mafaldas voceando al mundo las contradicciones que observan en sus mayores, cuando dos décadas después comienzan a grabar juntas, con la sensibilidad, la sinceridad y la inmediatez que sólo una cría puede mostrar, a pesar de que Gloria ya era madre cuando comenzó a grabar, o quizás por eso. Por si ella olvidaba, como advertía El Principito, la niña que llevaba dentro, estaba su compañera Carmen para recordárselo, como consumada escritora de cuentos infantiles, de lo más descarnados, irreverentes y surrealistas.

Se ha dicho varias veces que tuvieron que pagar cara su originalidad y su independencia. Como militantes indies antes del indie, pasaron de un sello a otro por su negativa a integrarse en el sistema del espectáculo. Fue precisamente el rechazo a la corriente masiva de consumo musical lo que motivó su asociación: Gloria estaba escuchando el Festival de Benidorm cuando, sin poder aguantar más ante tanta mediocridad, llamó a su vieja amiga de la escuela de arte para mejorar esas canciones, algo que a su parecer temerario no sería nada complicado. Su vieja amiga, directamente, ni encendía la radio, porque prefería no llorar... Su formación en el conservatorio la había convertido en un bicho raro que sólo escuchaba música clásica y antigua. Poco a poco fueron aceptando exponerse a los medios, a la popularidad y a lo que significaba ser un artista pop, aunque su timidez y su deseo de permanecer incontaminadas les impidió llegar a serlo. Por fortuna, pasaron de querer ser “sólo compositoras” para otros grupos, como hicieron entre 1966 y 1971, hasta, incluso, grabar dos programas de televisión en 1981, lo cual para ellas era un auténtico sacrificio, aunque hubieran hecho un cameo juntas para García Berlanga en Patrimonio Nacional, como criadas (Gloria, eso sí, muda). De cualquier forma, como decía, cada nuevo álbum suponía un contrato con una discográfica distinta, ante las exigencias artísticas que ellas imponían, dificultando cualquier injerencia de la productora. Desde su primer SP para Columbia, no volvieron a grabar para un gran sello discográfico masivo hasta Carbono 14, que sería su disco más comercial y su mayor decepción, septuagenarias ya y extrañas en un contexto musical totalmente cambiado. Por el camino encontraron pequeños sellos independientes, que abogaban por “la tercera vía” (el pop independiente español), con productores enamorados de su aparente fragilidad y escondida ironía, entre los que destaca, por su relevancia posterior, el celebrado poeta jerezano Caballero Bonald.

En un mismo párrafo hemos relacionado a Vainica Doble con Caballero Bonald y García Berlanga. No serán una excepción. Los círculos donde ambas nacieron eran de la más alta cultura, hasta el punto de ser criadas ambas para el arte. Carmen incluso descendía de la saga pictórica de los Rosales. Sus primeros apoyos y sus primeros receptores estuvieron en esos círculos más cultos de Madrid, que les hicieron propaganda boca a boca. La situación de la hermana y el cuñado de Carmen, es decir, Elena Santonja y Jaime de Armiñán, impulsores de una tímida y sutil subversión cinematográfica junto a García Berlanga, Jaime Chávarri e Iván Zulueta, ayudó mucho a que Vainica Doble practicara su creación y se diera a conocer, al menos grabando música incidental para programas de televisión y cine. Estas colaboraciones, en películas tan aisladas dentro del contexto español como 1,2,3... al escondite inglés, se observan hoy como extraños rayos de luz multicolor en un panorama gris, presidido por el discurso oficial del régimen dictatorial, que no admitía desvíos ni fisuras salvo que supieran ser lo suficientemente crípticos y ambiguos.

El primer momento en que pudieron ser ellas mismas fue gracias a un SP como intérpretes y compositoras, en el que se negaron a ser fotografiadas, pero exquisitamente cubierto con xilografías que hacían referencia a las dos caras del disco. El interior ocultaba un collage de Juan Carlos Eguillor, ilustrador de tiras cómicas que resultaban de pasar por un tamiz naif y castizo el simbolismo y el art nouveau, que aunque fuese de forma indirecta ofrecía al público la primera imagen disponible de las artistas.

Entre ambas caras del disco se compendiaba todo el universo romántico, sin apenas haber recurrido al romanticismo tópico, que antes, durante y después seguirá siendo el caballo de batalla de la música: el amor. Por parte de “La bruja”, el romanticismo de lo oscuro, lo fatal, lo tétrico y misterioso, con lenguaje disonante y plagado de glissandi, distorsiones y lamentos, gruñidos y ruidos dignos del rock progresivo más ácido. Por parte de “Un metro cuadrado”, el romanticismo de lo sublime, de un panteísmo monacal (de base modal y gregoriana, in crescendo como un motete renacentista) y cuya Biblia son los cuentos de Calleja, con una letra majestuosa de tinte machadiano. Tanto en estas dos canciones como en sus obras anteriores y contemporáneas compuestas para otros grupos, se advierte la omnipresencia de una aparente ingenuidad, de salidas de tono infantiles, pedantes, ridículas, grotescas, que parecen privilegiar la autenticidad expresiva de los niños, el sector menos escuchado de la sociedad, y que viene a restar solemnidad a los temas tan trascendentales sobre los que, en el fondo, suelen tratar sus creaciones.

El primer LP, de 1971 y con Ópalo, el primer sello independiente con que colaboran, lleva más allá la voz de los flower children, del panteísmo y de un naif no exento de crueldad, prueba de que su visión de los niños no es precisamente sesgada ni superficial. Se llama Vainica Doble y me atrevería a decir que su portada es como el Sargent Pepper's español, obra de Iván Zulueta, que refleja psicodelia, misterio, sensibilidad pop y naif en una composición multicolor a la vez abigarrada y etérea. Su interior es un rosario de obras llenas de frescura, donde los animales personificados pasean ante nosotros como en el País de Oz o el País de las Maravillas, envueltos en metáforas tan comestibles y dulces (no olvidemos “Lucy in the sky”) como las del mítico “Caramelo de limón”, de sonido rock psicodélico, homorritmia y armonías que parecen la actualización de un conductus del Ars Nova.

Tampoco podemos obviar la introducción de una sensibilidad ecologista cuando en España no existía tal mentalidad. El ecologismo de Vainica Doble comienza desde lo más cercano, desde el gato rebelde que no se deja domesticar (tanto que estuvo secuestrado por la censura), o aquel otro, Félix, que muere víctima de la patada de su dueño y origina el sentido reproche de su esposa, pasando por la ballena azul que se siente sola y es capturada y troceada por los humanos, hasta el extraterrestre amante del saber que, tras un encuentro igual de traumático con el género humano, se convierte en mártir de la ciencia entre irreverentes, sádicos, insolidarios y subversivos alaridos y jadeos, que superan la acidez de "Sexy sadie" y "Lovely Rita". Gran parte de esta biodiversidad, envuelta en un sonido fresco y onírico, muy distinto al pack juvenil comercial del yeyé, envuelto en gomina y chalecos retros, tiene su origen en las Fábulas que Armiñán realizó para TVE y a las cuales les ponía música Vainica Doble, dando voz a la cigarra y la hormiga, la cotorra y tantos otros bichos que ejemplifican nuestras virtudes y, sobre todo, defectos, como el pájaro de mal agüero.

Parece imposible, pero sólo hay una referencia obvia al amor, y se trata de “Roberto querido”, en la cual, a diferencia de la costumbre del amor cortés que traía siglos de peso sobre sus hombres, es la mujer la que deja al hombre y renuncia a ser un objeto más de su colección. Parece un pequeño paso para la mujer, pero un gran paso para el feminismo que será sólo el primero. Dentro de su periplo por “los otros” o “los marginados”, visitan a la pobre niña Mariluz, a la que espera un matrimonio casi concertado mientras hace labores, y al viejo Fulgencio Pimentel, sobre el que recae todo su mal karma.

Para Ópalo grabaron algunos singles que recogían colaboraciones para TVE, como Las doce caras de Eva y Refranes, e incluso uno de Navidad donde dieron rienda suelta a una suerte de salmodia gregoriana pop en El Evangelio según San Lucas, citado literalmente, que de forma menos obvia permanece como una de las fuentes musicales de su producción posterior. Como venían demostrando desde el LP, cada canción se convierte en un compendio enciclopédico que casi podría  ser la voz de un niño superdotado cuya pulsión fuera absorber la Enciclopaedia Britannica todas las tardes, sea de refranes, saber y artes populares, cosmología, ciencias ocultas, iconografía de los mass media, bordado, historia del arte, biología, química, gastronomía o cualquier otro campo semántico.

El siguiente LP por fin pone cara a las dos cantautoras, cuyas voces, aunque anónimas e invisibles, gozaban cada vez de mayor popularidad por culpa de las cabeceras de TVE (caso singular de recepción). Se trata de Heliotropo (1973), producido por Ariola bajo la supervisión de Caballero Bonald. Si en el anterior LP el sonido era una puerta abierta a la psicodelia y en general gozaba de homogeneidad, en el caso que nos ocupa encontramos un conglomerado de contrastes, desde lo más acústico e intimista, a lo más eléctrico y disonante, con una variedad no menos apabullante en su temática. De la misma forma, si la anterior portada era una composición colorista, imaginativa y abigarrada, esta resulta de una austeridad minimalista, paralela al White Album, en consonancia con la contención musical que encierra. En este álbum no hay animales personificados ni apenas figuras de los mass media: la infancia está presente, pero no en forma de Superman, pequeña Lulú o Tarzán, como antes, sino bajo la mirada retrospectiva e introspectiva del recuerdo de los juegos infantiles, con el pabú y Antón Pirulero por encima de todos; los ratos pasados en el jardín de la abuela, hoy a punto de ser arrasado por la especulación inmobiliaria, o el placer y el dolor del primer amor, infantil, luego púber y al final adolescente, a ritmo de habanera, que demuestra cuán lejos estaban de tabúes al hablar de la niñez. La sensibilidad ecológica se vuelve de nuevo hacia lo cercano, en este caso el paisaje urbano a punto de destruirse por un peligroso iconoclasta enamorado, quizá el destructor del jardín de la abuela. La causticidad rezuma rezando un réquiem por los ideales de un amigo, hoy arribista y chaquetero, cantando un kyrie eleison a ritmo de Antón Pirulero por la esquizofrenia de una España cainita y sanguínea o remedando el lenguaje de unos periodistas que ya empezaban a maltratar la lengua de Cervantes (y las miles de abuelas cuentacuentos). Por medio de todo, una canción experimental, profética, que abre muchos caminos al sintetizar en un lenguaje sonoro de Rolling Stones, de rock del duro, el flamenco en forma de malagueña, sin obviar una letra que toca todo lo que acabamos de hablar, sumando lo onírico: se trata de “La máquina infernal” que, de no ser por Smash, podría haber sido el primer ejemplo de rock andaluz de todos los tiempos. Vainica Doble consiguió sintetizar con esta canción lo que en el famoso Garrotín de Smash era todavía mera alternancia de estilos.

La relación de Vainica Doble con Smash, grupo pionero de la fusión de flamenco y rock, a través de Gloria, que había nacido en Sevilla y se había criado en Ronda, daría sus mayores frutos en el siguiente LP: Contracorriente (1975-76). Su álbum más evidentemente contestatario las abrió hacia un público en principio más comprometido y rockero, al abandonar la sutileza y la ambigüedad que las caracterizaba. Volvieron a cambiar de sello discográfico, recalando en esta ocasión en Gong. Tras remover Roma con Santiago, lograron fichar para su grupo instrumental (Asfalto, a grandes rasgos) a Gualberto García, pionero del sitar en España y excomponente del malogrado Smash, que prestaría sus dedos para labrar el ambiente sonoro de otro experimento, síntesis flamenco-barroco-rock, llamado “Eso no lo manda nadie”, y el recordado himno “Déjame vivir con alegría”, de aire despreocupado y rebelde, que reclamaba la humildad y la sabiduría vital mediterránea frente a la maquinaria social y económica anglosajona, con un estribillo que es todo lo contrario al concepto de solemnidad. “La rabieta” es prácticamente un hipertexto al desarrollar sobre un bucle de blues un diálogo de Bambi, citando, primero, una copla popular y, después, el dies irae gregroriano, entre sollozos y gemidos distorsionados. “Un mal entendido amor” contiene poéticas críticas al patriarcado, con una sorprendente introducción polirrítmica sobre un potente muro de sonido y un estribillo donde la voz de Gloria suena especialmente expresiva. También es cercano al rock sinfónico el tema “Alas”, cuya letra, de forma metafórica y onírica, reflexiona sobre la falta de libertad y la posibilidad de superarlo, a través de unos giros armónicos bastante sorprendentes. También es una crítica al patriarcado, por medio de la infancia, la sensual línea melódica, de resabios modales, del tema “Que no”, donde vuelven a romper tabúes en torno a la niñez. Por medio, dos temas más livianos: por un lado, “Todo desapareció”, un singular y emotivo country donde la exnovia de “Roberto Querido”, ahora jubilada y con sus hijos fuera, se dirige a su marido al sentir el vacío de su relación, y por otro lado, “El oso poderoso”, una descarnada fábula que cuenta la forma en que todo déspota cae por el odio que genera entre quienes más dicen ser sus amigos. Para cerrar el disco, la irreverencia del “Magnificat”, rock con la letra del himno latino cantada de forma que rezuma jocosidad, y que enlaza con un discurso de la Revolución de los Claveles, en portugués, para finalizar en una fiesta alocada con que este grupo parece tomarse un merecido descanso del guerrero.

Vainica Doble inaugura la década de 1980, tan trascendental para el pop español como lo fue la anterior para el rock en todo el mundo, cambiándose de sello discográfico. Será una excepción y grabarán dos LP's e incluso dos programas en TVE, pero sus discos adquieren un tinte oscuro y pesimista, frente a la celebración permanente de La Movida. Los dos discos ahondan en todas las temáticas que hemos explicado, con obras maestras como la “Canción del eslabón perdido”, donde éste se pregunta por su ser, y le pide al DDT que prosiga su mutación para acabar el proceso y salir de dudas, o “El tigre del Guadarrama”, donde sobre un nocturno de Chopin se describe con todo lujo de detalles naives el suicidio de una mujer tirándose por un precipicio ante la indiferencia de los domingueros. Cada canción da título, respectivamente, a sendos álbumes que el dúo grabó para Guimbarda. En 1984 volvieron a cambiar de discográfica, fichando por Nuevos Medios, para la cual grabaron Taquicardia, que con un pie en la década siguiente, parece sentar las bases del indie español propiamente dicho, en su vertiente más intimista y, a ratos, cursi, sin olvidar la explosión punk de la década en que se grabó. En esta década no podemos olvidar, tampoco, la recordada cabecera de Con las manos en la masa, formato pionero de programa de cocina en TVE dirigido y presentado por Elena Santonja, que fue quizás lo que más popularidad les dio en su carrera, al colaborar, además, con una estrella emergente como Joaquín Sabina.

Quizás, como última muestra de la valía del dúo, gustos aparte, queda decir que, mientras otros grupos, a una edad como la que ellas dos tenían en la década de 1990, se dedican a relanzar recopilatorios y giras por los programas de la nostalgia en televisión, es decir, a vivir de las rentas, Vainica Doble siguió componiendo y grabando temas originales, hasta el punto de grabar dos álbumes originales más: Carbono 14 y En familia, pasados los 60 años de edad y con tres generaciones colaborando en el último disco, lo cual da idea de la escuela que han dejado. Para aquellas fechas, aunque la corriente masiva de la música iba por otro lado, el indie había recogido los frutos, de una forma desigual, que ellas habían sembrado durante los 40 años anteriores, y rendía homenajes como buenamente podía, con Los Planetas en cabeza. Carmen Santonja murió durante la producción del segundo álbum, en la significativa fecha del año 2000, lo que evidentemente truncó cualquier expectativa de continuidad, algo que estaba ya descartado porque, igual que quisieron vivir con dignidad e independencia durante 40 años de carrera musical, reclamaban una despedida musical digna.

 DISCOGRAFÍA

  • La bruja/Un metro cuadrado. Columbia, 1970.
  • Las doce caras de Eva/Mariluz. Ópalo, 1971.
  • Vainica Doble. Ópalo, 1971. [Reeditado en CD por Rama Lama]
  • Oh, Jesús/El Evangelio según San Lucas. Ópalo, 1972.
  • Heliotropo. Ariola, 1973.
  • Contracorriente. Gong (Movieplay), 1976.
  • El eslabón perdido. Guimbarda, 1980.
  • El tigre de Guadarrama. Guimbarda, 1981.
  • Taquicardia. Nuevos medios, 1984.
  • Carbono 14. Polygram, 1997.
  • En familia. Elefant, 2000.