El canto mozárabe: claves de su historia (I). Desde los orígenes hasta el siglo XII

El canto mozárabe, o más correctamente, el canto de la liturgia hispano-mozárabe, ha experimentado en los últimos años un interés creciente por parte de la comunidad musical en general, tanto en su aspecto investigador como interpretativo. Sin embargo, la complejidad en el tratamiento de las fuentes para acceder a la información necesaria, así como los pormenores de esta tradición musical dificultan en buena parte la reconstrucción de una cronología acertada. Para intentar aclarar en la medida de lo posible algunos de los hitos principales del canto de la liturgia mozárabe surge este artículo, que tendrá su continuación en una segunda parte del mismo, que será publicada en el próximo número de esta revista.

Llegado el año 380 d. C., tras un periodo de cruentas persecuciones a los cristianos, en particular por parte de Diocleciano (186-305), el emperador Teodosio promulgó el Edicto de Tesalónica por el cual se establecía el cristianismo como religión oficial del Imperio Romano. Cesaban así las persecuciones contra los cristianos y éstos se expandían con mucha más facilidad por los territorios occidentales, entre los que se encontraba Hispania[1]. Sin embargo, años antes ya existía en la Península Ibérica una gran actividad por parte de los cristianos (véase por ejemplo el Concilio de Elvira celebrado ca. 300-302), incentivada tras la actuación de Roma y posteriormente aprovechada por los visigodos en su llegada al territorio meridional[2]. En relativo poco tiempo, los godos comenzaron a reinar (en torno a mediados del s. V) con el apoyo de una iglesia hispánica bastante organizada que contaba incluso con un canto litúrgico más o menos definido, cuestión fundamental en los concilios de Agdé (506), Girona (514), Barcelona (540) o Narbona (589). Además, los padres fundadores de esta iglesia se preocuparon especialmente por este apartado de la liturgia, como es el caso de Ildefonso de Toledo o Isidoro de Sevilla que en De viris illustribus[3] da buena cuenta de su interés por la música. Eugenio de Toledo (finales del s.VI – 657) llegó a mostrar verdadera preocupación en la corrección de la interpretación de los cantos; tanto es así que la tradición oral le otorgará la paternidad de una de las tradiciones de canto llano de Toledo, llamándosele «cantus melodicus, melodia, o cantus eugenianus».

Tras la invasión musulmana en 711, los cristianos quedaron relegados a un segundo plano tanto en la vida social, económica, religiosa como política. No obstante el culto fue respetado al menos hasta el reinado de Abd-al-Rahman II (822-852). A partir de ese momento se produjeron graves persecuciones y hechos violentos contra la población cristiana. Es entonces cuando quedan circunscritos dentro del territorio de dominación musulmana y se los empieza a denominar como «mozárabes»[4], los cuales, no sin problemas, subsistieron en diversas comunidades organizadas a lo largo y ancho de la península[5]: conservaban sus raíces familiares hispano-visigótico-romanas, su religión dentro de la iglesia hispánica y una liturgia característica (liturgia hispano-visigótica-mozárabe). 

Sin embargo y a pesar de todo, lo que más afectó tanto a la liturgia como al canto hispano-mozárabe no vendría de la convivencia con musulmanes y judíos ni tampoco debido a causas bélicas, sino que llegaría por la nueva forma de concebir y utilizar al cristianismo como elemento unificador heredado de las políticas de Carlomagno. De tal forma que, el matrimonio que contrajo en segundas nupcias el entonces rey de Castilla y León, Alfonso VI, con doña Constanza de Borgoña en 1079 y, sobre todo, el Concilio de Burgos de 1081 presidido por Ricardo, entonces abad de San Víctor de Marsella, desencadenaron una serie de hechos que terminaron con la supresión de la liturgia y el canto hispano-mozárabe[6]. Comenzando por el Norte de la Península, la conocida como Marca Hispánica, el canto gregoriano fundamentado en el catolicismo romano fue permeando por la influencia de la Abadía de Cluny, como una especie de romanización de Hispania o la islamización del s. VIII. Musicalmente, el canto gregoriano desplazó al canto hispano y con esto se rompía la cadena de transmisión oral por la que hasta el momento éste había sobrevivido. Los tradicionales cantos dejaron de enseñarse y, a pesar de que existía un complejo sistema autóctono de notación denominada también hispánica o visigótica[7], al ser ésta de tipo adiastemático o in campo aperto, con su silencio los cantos fueron casi borrados de la memoria colectiva. No obstante, se conservan alrededor de unas 5.000 piezas en notación visigótica en aproximadamente 50 fuentes diferentes[8] que permanecen en silencio desde entonces.

 Fig. 1: Cruz de 12 puntas, emblema de Alfonso VI.

 

Pero este hecho no fue observado de la misma manera en todas partes, como por ejemplo en el monasterio riojano de San Millán de la Cogolla. Allí a finales del s. XI o principios del XII, un monje desconocido, de posible origen catalán o incluso galo, realizó un palimpsesto[9], eliminando la antigua notación visigótica y sustituyéndola por una notación de tipo aquitana en 16 piezas: cambió una notación que tan solo indicaba una altura relativa de las notas por una nueva notación que se estaba extendiendo por el sur de Europa y que indicaba de forma clara y sencilla la altura absoluta de cada una de las notas que conformaban la melodía en cuestión. El copista[10] se preocupó particularmente por esta labor ya que, aun quedando la nueva notación muy apretada nunca se olvidó el trazar una línea a punzón seco, asignando a cada pieza una clave así como la escritura del saeculorum amen que era utilizado tradicionalmente en las antífonas gregorianas y que aunque poco tengan que ver con las piezas hispanas, con cierta visión de futuro, previó que serían más conocidas y sencillas de aplicar. De igual forma sucedió con el Liber Ordinum del Monasterio de San Prudencio de Monte Laturce[11] (en La Rioja también), el gradual gregoriano francés de Gaillac[12] o el antifonario del monasterio de San Rosendo de Celanova[13] (Galicia) para el caso de las lamentaciones de Jeremías. En los últimos años, la musicóloga Carmen Rodríguez Suso ha localizado también algunas melodías sueltas[14], las cuales junto a lo citado anteriormente conforma un total de 26 piezas hispano-mozárabes más un conjunto de lamentaciones de Jeremías originarias del Monasterio de Silos (Burgos). Todas estas piezas conforman el corpus musical hispano-mozárabe medieval y más antiguo que hasta el momento permite su interpretación.  

 

Fig. 2: Ecce ego viam, responsorio de difuntos conservado

en el Liber Ordinum de San Millán de la Cogolla.

 

Toledo, el gran bastión mozárabe hasta el s. XI, volvió a manos cristianas en 1085, unos años después del Concilio de Burgos y la supresión del rito hispano-mozárabe. Alfonso VI fue el valedor de tal triunfo y quien nombrara como primer arzobispo de la recién restaurada sede toledana a Bernardo de Séridac, cluniacense que se ocupó personalmente de que las nuevas directrices romanas llegaran a buen término a pesar de la férrea negativa tanto de las familias como de los párrocos mozárabes. Habría que comprender el sentimiento de aquellas gentes, quienes sentían que a pesar de ser afines religiosamente a ellos, eran extranjeros, no nacidos en Toledo y que a pesar de la liberación musulmana ahora se encontraban subyugados por un rito que les venía de roma a través de la Abadía francesa de Cluny. Tras unos inicios revueltos, hubo cierta permisibilidad con las iglesias mozárabes, en las que el rito hispano-mozárabe se continuó celebrando: San Lucas, San Torcuato, San Marcos, Santas Justa y Rufina, Santa Eulalia y San Sebastián. Pero aquello no era suficiente para las familias mozárabes, quienes reclamaban una postura oficial y duradera. El salvoconducto final vendría de manos del mismo rey «Bravo», Alfonso VI, quien para evitar conflictos de intereses entre el arzobispado, corona y ciudadanía, el 20 de marzo del año 1101 otorgó a las seis parroquias mozárabes y los descendientes de  mozárabes la Carta Mozarabum por la que se veían reconocidos sus privilegios históricos[15], se declaraba la hidalguía de los mismos, otorgándose el título de dama o caballero, y se les permitía, entre otros honores, conservar el rito hispano-mozárabe sin ninguna restricción dentro de sus templos. Es así, en ese estado de latencia como pervivió el rito mantenido entre unas cuantas familias, en una situación de incertidumbre ya que, en realidad, no contaban con más apoyo que el de las demás parroquias y familias mozárabes toledanas, sin tener de referencia otras comunidades mozárabes en todo el territorio peninsular. Litúrgicamente seguirían interpretando los textos de los códices góticos e interpretando los cantos que sabían de memoria, puesto que en Toledo tampoco existía una notación diastemática para los cantorales de esa época y tampoco anteriores. 

Pero, ¿cómo continuó la historia del canto mozárabe? ¿Sobrevivió esta comunidad al paso de los siglos? ¿Hubo algún apoyo por parte de alguna institución a favor de estos cristianos viejos? ¿Qué ha sido del rito hispano-mozárabe, de su canto y de su liturgia en el s. XXI? En el próximo número se seguirán desvelando los secretos de la historia de esta apasionante tradición musical autóctona tan particular que existe en España y que pretende rescatarse y difundirse hoy día.



[1] Especialmente cruentas fueron las persecuciones a la población cristiana en tiempos del emperador Diocleciano. En el caso de Hispania bajo el yugo del prefecto Publio Daciano. De forma aproximativa se recomienda: ROBERTS, J. M., Historia universal, Madrid, RBA, 2009, págs. 328 y ss.

[2] Recomendables para la ampliación de este tema son: COLLINS, R., La España visigoda, Madrid, Editorial Crítica, 2005; GARCÍA MORENO, L. A., Historia de España visigoda, Madrid, Editorial Cátedra, 2008; BARBERO, A., La sociedad visigoda y su entorno histórico, Madrid, Editorial Siglo XXI, 1992.

[3] CODOÑER MERINO, Carmen, El «De viris illustribus» de Ildefonso de Toledo: estudio y edición crítica, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1972.

[4] Etimológicamente del árabe musta’rab, que significa arabizado o influido por lo árabe, pero en todo caso, no musulmán.

[5] En general y al menos hasta el año de 1126, momento en el que se suceden diversos acontecimientos de expulsión de éstos de los territorios aun bajo el dominio musulmán. De estudio particular sería la comunidad mozárabe de Toledo. Se puede información bastante precisa de SERRANO, D., «Dos fetuas sobre la expulsión de los mozárabes al Magreb en 1126», Anaquel de estudio árabes, 1991, n.º 2, págs. 163-182.

[6] Antiguo pero con un tratamiento bastante pulcro de los datos y de la bibliografía, es recomendable la lectura de PRADO, Germán, Historia del rito mozárabe y toledano, Burgos, Abadía de Santo Domingo de Silos, 1928.

[7] Señalar que son algunos los estudios que se encaminan a señalar a la notación visigótica como una de las notaciones más antiguas en la monodia litúrgica occidental. Por ejemplo: HUGLO, M., «La notation wisigothique est-elle la plus ancienne…, págs. 19-26.

[8] ASENSIO PALACIOS, J. C., «La ornamentación del canto llano, el canto eugeniano y las melodías “mozárabes” de los cantorales de Cisneros», Revista de Musicología, vol. 28, 2005, n.º 1, págs. 65-85.

[9] Se trata del Liber Ordinum que se alberga en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia de Madrid como Cód. 56.

[10] Es recomendable la lectura del capítulo VI de: PRADO, G., ROJO, C., El Canto Mozárabe…, págs. 66 y ss.

[11] Se conserva en el archivo de la Abadía Benedictina de Silos como ms. 4.

[12] Manuscrito francés conservado en la Bibliothèque Nationale de France con la signatura BN lat. 776.

[13] Conservado también en Silos como ms. 9.

[14] Piezas dedicadas a la consagración de un nuevo templo. Véase: RODRÍGUEZ SUSO, Carmen, «L’Évolution modale dan les antiennes de l’ordo wisigothique pour la consécration de l’atuel», Études Grégoriennes, 1998, n.º 26, págs, 173 – 204; RODRÍGUEZ SUSO, Carmen, «Les chants pour la Dédicace des Églises dans les anciennes liturgias de la Septimanie: leur contexte liturgique et leur transmission musicale», en Démollière, Christian-Jacques (ed.), L’Art du Chantre Carolingien. Découvrir l’esthétique première du chant grégorien, Metz, Éditions Sepenoise, 2004, págs. 91-101.

[15] Como obra fundamental para comprender meridianamente bien todo el conjunto de acontecimientos es altamente recomendable la lectura de: FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, E. y PÉREZ GIL, J., Alfonso VI y su época, León, Diputación de León, 2007-2008.

 

 

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