La Arqueología Musical Andalusí

La Arqueología Musical o Arqueomusicología es una ciencia relativamente nueva que se definió como tal a partir del congreso desarrollado en 1977 por la International Musicological Society (IMS) en Berkeley (Lund, 2010: 186). Según Hickmann, se basa «en la aplicación de los métodos de la arqueología al estudio de la música» (Hickmann, 2001). Por tanto, se trata de una ciencia que aúna las disciplinas de Arqueología y Musicología y tiene como objetivo el estudio de las culturas musicales del pasado, desde la Prehistoria hasta la Edad Media, sobre todo a través de las fuentes escritas, iconográficas y organológicas (García Benito y Jiménez Pasalodos, 2011: 81 y 87).

Aunque la primera aproximación al estudio de los instrumentos musicales procedentes de excavaciones arqueológicas peninsulares comenzó a inicios del siglo XX por parte de historiadores, folkloristas, arqueólogos, museólogos y coleccionistas, los estudios sobre organología ibérica basados en la iconografía y la arqueología bajo una perspectiva musicológica comienzan a encontrarse de manera regular a finales de la década de los 80, siendo pioneras las investigaciones de Rosario Álvarez (1989), Rosselló Bordoy (1989), Cortés García (1990) y Rubio de Miguel (1990 y 1992). A partir de entonces, diversos son los investigadores que han continuado este camino, ofreciendo publicaciones que versan sobre una amplia temática referida a la arqueología musical. Sin embargo, no es hasta principios del siglo XXI cuando jóvenes musicólogos comienzan a realizar tesis doctorales sobre la iconografía, etnoarqueomusicología y la arqueología musical desde una perspectiva arqueomusicológica bastante más definida, destacando Hortelano Piqueras (2003), Salius Gumà (2010), García Benito (2014), Jiménez Pasalodos y Alexandra Bill.

En lo concerniente a Arqueología Musical andalusí, los diferentes hallazgos arqueológicos localizados en el sur y el levante peninsular atestiguan la presencia de diferentes instrumentos musicales como tambores (tabl) y algunos instrumentos de viento como silbatos (saffara) y flautas (nai y axabeba). Sin embargo, otros instrumentos como el laúd (al-ud), el rabel (rebab) o el adufe (duff), muy usados por la cultura andalusí, no están presentes en yacimientos arqueológicos, debido a la escasa perdurabilidad de los materiales en los que eran construidos, aunque las representaciones iconográficas peninsulares evidencian que el uso de los mismos estaba bien extendido por las culturas musulmana, judía y cristiana.

En cuanto a los tambores, cabe destacar la ingente cantidad de ejemplares localizados, que oscila en torno a un centenar (Jiménez Pasalodos y Bill, 2012: 15). Fueron construidos en barro, a través de la técnica de modelado a torno, y podemos diferenciar entre dos tipologías: 1) tambores con forma de copa (darbukas, aqwal y tarija) y 2) con forma de reloj de arena (kuba). Estos instrumentos aparecen nombrados explícitamente en varios tratados andalusíes conservados, como los realizados por Saqundi (ss. XII-XIII) e Ibn al-Darray (s. XIII) y, aunque muchos tratadistas recogen diferentes tambores bajo el término genérico de tabl, lo escueto de las descripciones otorgadas impide una aproximación más exacta a este tipo de membranófonos.

Los silbatos (saffara) también fueron construidos en barro, aunque mediante una técnica de modelado a mano. La presencia de estos instrumentos tan singulares en la Península Ibérica proviene de la época íbera, posiblemente, introducidos por la cultura cretense (Rosselló Bordoy, 2006: 16) y existen tres tipologías predominantes: 1) los silbatos tipo flauta, cuya similitud con este instrumento es más que evidente; 2) los globulares, silbatos con forma de ovoide que constituyen la mayoría del registro andalusí; 3) los del tipo ocarina, silbatos globulares con dos o más orificios. La mayoría de los silbatos localizados se encuentran adosados a pequeñas figuras que generalmente corresponden a animales de diversa índole, aunque también encontramos representaciones de otras tipologías. Principalmente, estos instrumentos estaban destinados al ocio, a la cetrería y al acompañamiento de la música popular (Asensio Cañadas y Morales Jiménez, 1996: 157-160). Fueron usados tanto en el ámbito musulmán como en el cristiano y teóricos de ambas adscripciones culturales nos hablan de estos instrumentos, entre los que se encuentran Ibn Sida (s. XI), Averroes “El Abuelo” (ss. XI-XII), Ibn al-Munasif (ss. XII-XIII), Ibn al-Darray (s. XIII) y Fray Pedro de Alcalá (ss. XV-XVI). Actualmente, estos instrumentos forman parte de la cultura popular de diversas zonas del sur y del levante peninsular, como Andalucía, Comunidad Valenciana e Islas Baleares.

Por su parte, las flautas (nai y axabeba) eran construidas en materiales como la caña y el barro y, según varios ejemplares localizados, también en hueso. Existen diversas fuentes iconográficas andalusíes que muestran el uso de estos aerófonos y, de la misma forma, algunos teóricos árabes evidencian dicha utilización, como el tratadista oriental Alfarabi (ss. IX-X), y los andalusíes Ibn al-Rabbihi (s. X), Ibn Sida (s. XI), Ibn Ezra’ (ss. XI-XII) e Ibn al-Darray (s. XIII). En Albarracín (Teruel) se han localizado varios ejemplares andalusíes que reúnen muchas de las características constructivas propias de estos instrumentos de viento y, aunque en la Península Ibérica también han sido localizadas otras piezas que podrían ser aerófonos, su identificación como tales es compleja. Así, según la metodología establecida por la arqueomusicología, su estudio requiere la aplicación de herramientas y métodos interdisciplinares (García Benito y Jiménez Pasalodos, 2011: 89-90).

Para ello, es necesaria la comparación etnográfica de los instrumentos musicales con culturas análogas en las que se puedan establecer ciertos paralelismos. En nuestro caso, sería de gran importancia el estudio y cotejo con instrumentos procedentes de la cultura oriental árabe y magrebí, esta última, receptora de la diáspora morisca (ss. XVI-XVII) y poseedora de la tradición andalusí desde entonces. La arqueología experimental también juega un papel importante en este proceso, ya que la reproducción de los instrumentos a estudiar es un paso importante a realizar. De esta forma, se podrán obtener copias exactas sobre éstos y, en último lugar, será posible hacer sonar los ejemplares fabricados y analizar los sonidos resultantes, con el fin de establecer sus posibilidades sonoras e interpretativas, en la medida de lo posible.

El surgimiento de esta nueva disciplina pone de relieve la importancia de los hallazgos arqueológicos peninsulares, desde la época prehistórica hasta la andalusí, siendo mayoritarios los hispanomusulmanes. De esta forma, se abre un amplio campo de trabajo en los estudios sobre nuestro patrimonio musical que nos permitirá reconstruir la música del pasado y sobre el que son necesarias nuevas aportaciones desde una perspectiva interdisciplinar que ayude a revalorizar una parte de nuestro patrimonio que, en ocasiones, ha sido un tanto olvidada.

 

Bibliografía

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