Cazuela de estilos

El pasado viernes 13 de marzo, tuvimos la oportunidad de asistir a un concierto en el que la autoría española gozaba de protagonismo. 20:15 horas en el auditorio del Parque de las Ciencias de Granada, ya que a pesar de estar programado 15 minutos antes, la continua entrada de público hizo que el concierto se retrasase, consiguiendo por ende el aforo completo de la sala.

Tres estrenos absolutos serían los encargados de amenizarnos la primera parte del concierto, contando con la participación, junto a la Orquesta de la Universidad de Granada, del joven y talentoso quinteto de metales “Proemium Metals”.

Maternal (2010) del compositor barcelonés Valentí Miserachs Grau, tuvo el privilegio de abrir el programa del que iba a ser un concierto cargado de contrastes en cuanto a estilo compositivo se refiere. La obra parecía acercarnos en un principio a un periodo postromántico, con ciertos aires típicos del sinfonismo clásico de la música de cine, pero conforme iba avanzando la música, se podían apreciar claramente elementos puramente clásicos, hasta el punto de elaborarse una fuga perfectamente estructurada, que los intérpretes enfrentaron y desarrollaron de una manera admirable. La sincronía que establecieron orquesta y quinteto fue digna de admirar desde un primer momento y la prolongarían a lo largo del concierto.

La segunda pieza a interpretar fue Escenas de Campana y Piedra (2015) de Nemesio García Carril, que nos sugería desde un principio, con la llamada resaltada de la trompa, un ambiente medieval, de “campana y piedra”. La obra se estructuraba en cierto modo como una especie de pregunta-respuesta entre la orquesta y el quinteto, elaborándose una serie de melodías de carácter intimista en las que lo tonal se intercalaba sutilmente en una pieza de lenguaje predominantemente modal.

José González Granero nos mostró con su obra Petite Suite for Brass Quintet and String Orchestra (2015) esa capacidad de conjugar diversos estilos compositivos en una misma pieza. Ya, con el primer movimiento Overture, nos trasladó a un ambiente al más puro estilo "hitchconiano" con música que nos recordaba a esas misteriosas y deslumbrantes partituras que escribía por aquel entonces nuestro querido Bernard Herrmann. El Valse plasmaba un estilo con toques jazzísticos, más calmados, insertando algún momento de tensión propio de la obra. En el tercer movimiento, March, el quinteto de metales fue el protagonista. El carácter rítmico y continuado, propios de una marcha, siguieron contribuyendo a la idea de tensión que parecía contener la obra. Sin embargo en el Interlude, todo cambia y Granero decide escribir un movimiento puramente melancólico, tranquilo, que evoca a la relajación y que limpia toda tensión antes producida. Ya para finalizar, en el Finale, retoma el tema principal de Overture a modo de reexposición. La orquesta y el quinteto se mostraron en todo momento firmes ante una obra de continuo cambio estilístico en la que la tensión era predominante, pero que al combinarse con los temas de carácter más suave que incorporaba, dotaron a la pieza de puro atractivo.

La segunda parte del concierto, fue sin duda, una oportunidad, de la que desgraciadamente no podemos gozar asiduamente en nuestro país. Escuchar una orquesta joven y profesional interpretando repertorio español podría acercarse más a la ficción que a la realidad, ya que a pesar del amplio y rico patrimonio musical del que disponemos, este tipo de obras apenas se programan. Esta vez, sin la intervención de “Proemium metals”, la Orquesta de la Universidad de Granada afrontó dos obras de Juan Crisóstomo de Arriaga, uno de los compositores más sobresalientes de la historia de la música española, y no había más que apreciarlo con las obras con las que pudo deleitarnos la orquesta la pasada noche: la obertura de la ópera Los esclavos felices (1819) y la Sinfonía a gran orquesta en Re Mayor (1824-25); dos obras de una envergadura considerable que los intérpretes, guiados por su director Gabriel Delgado, desafiaron de manera formidable.

La exploración y exaltación de la tímbrica, principalmente en los instrumentos solistas de la primera parte, junto con el contraste estilístico de las obras, la defensa del patrimonio musical español y la correcta ejecución de los intérpretes hicieron de la noche del viernes una perfecta velada en la que la sensación de disfrute no cesó en ningún un momento.

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