Un vicio que no muere. Un amor que no se apaga

 

A finales de febrero de 2014 la sonoridad de la ópera inundaba al Aula Magna de la Facultad de Filosofía y letras. En aquella ocasión se trataba de una creación de Francis Poulenc, La Voz Humana, y al igual que la obra que hoy hemos escuchado, presentaba un formato de ópera en un acto. En este intermezzo, obra de Ermanno Wolf-Ferrari y de libreto de Enrico Goliscinai, nos serán familiares algunas de las caras en el escenario, y es que volvemmos a contar con la dirección escénica de Rafa Simón y con Héctor E. Márquez al piano. Les acompañaran los intérpretes, Elena Simionov (soprano) y Víctor Cruz (barítono). En conjunto forman la agrupación La voz Humana.

El elemento que funciona como leitmotiv y guía esta ópera es el tabaco, siempre unido a la polémica. La condesa Susana (soprano), no puede apartarse de su más fiel vicio, la nicotina, e intenta como sea ocultárselo a su marido el Conde Gil (barítono), quien inocentemente ignora que sea su dulce y sensata esposa la fumadora de la casa. Éste no cesa de buscar "embustes" en las palabras de su amada, de quien sospecha que tiene un "amante" fumador . La trama roza lo reiterativo, absurdo y cómico; hasta la pantomima, ya que el pianista-criado (Santé) sólo se expresa bajo la música y la mímica. El profesor del R. C. S. M. V. E., Héctor E. Márquez, domina perfectamente el terreno vocal y eso le permite saber perfectamente qué necesita su personaje, cómo ha de recalcar pasajes y acompañar en otros, conocer la espera de los tiempos, la presencia escénica, etc. En esta ocasión junto a una excelente interpretación, en la que en ningún momento tapa a los solistas, tenía la dificultad añadida de actuar a la vez que hacía sonar las teclas. Es en los pequeños gestos dónde hemos podido disfrutar de sus capacidades: la sincronía inicial del dosificador de perfume de Susana con el teclado, las respuestas sonoras a preguntas de la soprano, los guiños pianístico-burlescos entre Susana y Santé, intentando demostrar que es él quien mejor toca, los intentos de Héctor de darle varias "caladas" al cigarro, que mueven los últimos momentos de la trama, hasta que acaba fumando y con el aplauso final del público…, requieren de un alto dominio musical y escénico.

La puesta en escena de igual forma es encomiable. Un piano negro a la izquierda, un largo sofá a la derecha, y tras ello, un decorado de motivos geométricos en rojo, que unido al vestido de época de Susana, el traje aristócrata del Conde Gil, la forma de fumar de Susana como "toda una señorita", contribuyen a hacer más veraz y atractiva la escena. Es acertada esta distribución ya que la acción gira en torno al piano y al sofá. Los rápidos movimientos y las carreras se suceden de un lado a otro, y no sólo en el centro de la escena. El piano y el mueble como puntos de tranquilidad y nervio, de vicios y virtudes, de locura absurda por los celos y amor.

En el terreno vocal, la soprano, Elena Simionov, destacó por su dulzura. Era capaz de transmitirnos timbradamente pasajes agudos y pianos como algo liviano. Supo conjugar perfectamente momentos cómicos, de intranquilidad, sensuales y felices. Además la dicción en italiano del texto fue limpia. Pero no sólo cantó, sino que también tocó el piano: melodías sinuosas, lentas y cantabiles, propias de una señorita y que permitían recalcar lo "chic" y refinado de su papel como Condesa. El joven barítono Víctor Cruz supo integrarse perfectamente con sus compañeros de escena en el papel de marido de Susana. Transmitió a la perfección el punto burlesco, de no saber qué pasa.

No hubo momento para el descanso, y es que durante la casi una hora de duración, permanecimos riéndonos y disfrutando de una puesta en escena poco habitual en el mundo operístico contemporáneo. Con deseo esperamos nuevas puestas en escena innovadoras de esta Voz Humana.

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